Todos hemos perdido los nervios alguna vez. Nadie puede negar que en ocasiones haya hecho algo de lo que después se ha arrepentido. Pensar con la cabeza fría es demasiado fácil, pero cuando hay otros factores que empequeñecen la mente, que la dominan cual esclava, al final se acaban haciendo cosas inimaginables.
La ficción que nos es mostrada a través de los medios permite que nos identifiquemos con alguno de sus personajes. No es ningún secreto que aquel que genera historias y las proyecta al exterior, lo hace porque en cierta manera busca la identificación del receptor. A los niños les da bastante menos vergüenza admitirlo, no hay más que verlos corretear por un parque jugando a ser el héroe de su serie preferida, pero lo cierto es que eso es algo que nos ocurre a todos. Si nos gusta una obra de ficción y sentimos una especial simpatía por alguno de los personajes que aparecen en ella, es porque de algún modo nos sentimos identificados. O nos parecemos al personaje en cuestión o bien nos gustaría parecernos a él.
Esta reflexión surge a raíz del reciente crimen perpetrado en Olot, un pueblo que no gana para sustos y desgracias. En tan solo dos meses, este pueblo de Girona ha sido el escenario de nada menos que 15 asesinatos. Los vecinos de Olot viven en un agujero mediático, un punto caliente de información al que ya se puede identificar con el apelativo de desgracia. Desde que María Àngels Feliu fuera secuestrada en 1992 durante 492 días, los vecinos parecen haber caído en una especie de maldición.
En esta ocasión, Olot se ha vuelto a situar en el ojo del huracán mediático de la mano de Pere Puig Puntí, un albañil de 57 años que llevaba más de dos décadas trabajando para la misma empresa: Construcciones Tubert. La compañía, cuyos propietarios eran Juan y Àngel Tubert (padre e hijo), había llegado a tener una plantilla de hasta siete trabajadores en tiempos de bonanza económica, pero las estrecheces que llegaron más tarde habían hecho que esta se redujera a tan solo dos. Puig, que era el trabajador de confianza de los Tubert, iba a ser el próximo en ser despedido.
Nadie sabe qué pasaría por la cabeza de Puig la mañana del pasado miércoles. El albañil madrugó y se fue a trabajar como si de una jornada más se tratara, solo que en esta ocasión llevaría consigo una escopeta de caza. A las nueve de la mañana hizo una parada para ‘desayunar’ en una cafetería de La Canya, otro pueblo gironés. Allí utilizó su arma para acabar con la vida de los Tubert disparando a bocajarro.
La siguiente parada de Puig fue en una sucursal de la Caja de Ahorros Mediterráneo, situada ya en Olot. El albañil asesinó a Rafael Turró, el subdirector de la sucursal, y a Anna Pujol, una trabajadora que por casualidades de la vida, era amiga del primo del propio Puig. Las deudas que tenía el albañil con la Caja eran notables, y según la versión de unos amigos, uno de sus últimos episodios había sido el de intentar cobrar un cheque que los Tubert le habían dado, aunque sin éxito.
Tal y como ha declarado el abogado del propio albañil, salió a cazar con su escopeta, pero no cazó ningún animal, sino a cuatro personas. Cuatro víctimas cuya trascendencia va más allá de sus propias vidas, cuatro familias rotas que jamás podrán olvidar uno de los tantos episodios dramáticos que la actual crisis nos está destapando.
La vida de un obrero de 57 años, soltero y con una vida personal volcada hacia el cuidado de su padre octogenario, puede dar lugar a una excesiva reflexión interna hasta el punto de desembocar en paranoia. Pere Puig tenía por costumbre salir de madrugada ‘armado’ con dos pistolas de plástico y una estrella de sheriff en la solapa. ¿Jugaba aquel hombre a ser el sheriff de Olot? Su estado, su soledad, sus problemas… ¿le habrían llevado al límite de confundir la realidad con la ficción, tal como si hubiera sido envuelto por el lejano oeste de Clint Eastwood?
Casos como este nos invitan a reflexionar y a saber que ese instinto incontrolable que domina a la persona puede ser letal si las condiciones son gravemente adversas. Es difícil imaginar si este hombre, un obrero como muchos, llevaba el instinto asesino en su interior o si simplemente se empapó demasiado de esos escenarios de ficción que por instantes nos hacen volar y fijar nuestra atención en seres extraordinarios que por más que lo intentemos, ni somos ni nunca seremos.
El mundo de la ficción audiovisual nos muestra paso a paso sus recientes evoluciones. Ahora podemos ver que hay cine y televisión en alta definición e incluso trimidensional. Son matices que dan mayor sensación de realismo, y que por tanto, hacen que el espectador esté más cerca de creerse estar metido en la ficción. La frontera entre lo real y lo no real es, por tanto, más difusa. ¿Es este uno de los caminos de la evolución? Es posible que así sea, pero no puedo dejar de temer que un día nos dé a todos por perder el norte, cojamos nuestra estrella de sheriff y nos tomemos la justicia por nuestra mano.
E.Pérez S.
Fuente de la fotografía:
http://images.windycitynovelties.com/prodimages/detail/11497_detail.jpg

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