martes, 11 de octubre de 2011

Prisma de sonrisas



 

Oí historias de un lugar que a primera vista cautivaba a sus presentes. Eran dulces prados en tierras de encanto, latentes de brillo innato. Aún recuerdo las palabras casi exactas de aquel hombre demacrado. Me contaba sus alegres aventuras, todas ellas ocurridas en aquellos lares donde el espejismo está siempre presente.

Era una comarca, sin duda, de ilusos. Vivían del pasado e ignoraban que no hay nada permanente. Sus pasos eran siempre firmes, y rara era la vez que alguno se detenía para mirar hacia ambos lados. 

Aquel hombre, sombrío pero alegre, me aproximó, quizá, más cerca de lo que algún día pueda estar de aquel lugar. Y casi pude sentirlo con el tacto, la vista, el oído... Por un instante pude estar allí, ser testigo de la tierra prometida. Conocer, al fin y al cabo, la cota de los sueños que tantos se jactan de haber alcanzado. 

Entonces los vi a ellos, a todos allos. Allá en un campo de rosas y claveles divisé a toda una manada de puercos glamurosos, vestidos de seda intacta. Sus rostros porcinos, maquillados por las prendas de alta gama, revelaban un ansia traslúcida que no por ello desvanecía su sonrisa cortante. 

En lo alto volaba una paloma blanca que no iba a ningún sitio. Su brújula se había roto, y hacía tiempo que con ello también había perdido su propio norte. Vagaba sin rumbo por los cielos, ignorando el mundo existente, extasiada por lo que encontraba a su paso, pero olvidándolo al minuto siguiente. 

También abundaban gruesas doncellas con aires exóticos que realizaban enormes esfuerzos por mantenerse sobre sus tacones. La alegría se palpaba en la sonrisa de sus labios. La tristeza, mientras, se regocijaba de placer en el escaso brillo de sus ojos. 

Y así, deslumbrado por las maravillas de un lugar que no tiene maravillas, quise pedir a aquel desgañitado que me mandara de nuevo a mi hogar, a la tierra de los hombres con los pies puestos en el suelo. Lo hizo, no sin antes advertirme de que aquello no era la mejor idea. 

Hoy, tiempo después, aún me pregunto por qué a pesar de todo aquellos personajes no quebraban su sonrisa. Y es que desde aquella vez, supe que tendría que volver para saberlo.

E. Pérez S.

martes, 21 de diciembre de 2010

El abuelo Torres


Dicen que su inteligencia superaba con creces la media de cualquier ciudadano. Pero no son más que rumores de aquellos que lo admiraban y consideraban como un héroe. No se sabe con certeza si Juan Tomás Torres era un ser especial con una capacidad superior, pero sí que fue un polifacético que destacó en todas las artes a las que se dedicó. 


Las intenciones que guardaba para su vida quedan bien plasmadas en un extracto de su ópera prima, la novela Un Clavel en el Desierto: “El cauce que lleva mi vida tiene muchos afluentes, pues no estamos condenados a seguir la misma dirección por el resto de nuestro días”. Y así fue, en cierta manera, hasta que al final todas aquellas desviaciones convergieron en un mismo punto: la muerte.

La leucemia contra la que estuvo luchando en sus últimos años jamás hizo decaer su intención de saborear la vida al máximo. Su ánimo y sus ganas por salir adelante siempre estuvieron reflejados en todas las entrevistas que concedió a los medios. Los esfuerzos de Torres por hacer honor a su apellido, hicieron que su aspecto se mantuviera casi intacto. Pero un día se durmió y ya no pudo despertar.

La vida de este artista, que hubiera cumplido 87 años el mes que viene, siempre fue muy agitada. Tuvo la oportunidad de combatir en la Guerra Civil desde el punto de vista de las dos Españas. No obstante, su rechazo posterior a la violencia, haría que jamás revelara en cuál de los dos bandos militó primero, y por ende, de cuál de ellos desertó.

Con el paso de los años, Juan Tomás Torres se dio a conocer en el mundo de la televisión, un medio al que aún le quedaba mucho, pero que estaba exento de toda la parafernalia que podemos encontrar hoy. Poco tardó en pasarse a la gran pantalla de la mano de José Miguel Túnez, su director ‘fetiche’; con él conmovió a los espectadores con la gran obra que lo consagró como un verdadero artista: El Arco de Papel.

El mundo de la música fue su siguiente consagración; sus canciones de autor reflejaban toda una vida de aventuras, amores y desamores, que jamás se atrevió a plasmar en una autobiografía. Con el mundo de las letras tocó el cielo, sus obras trasladaban al lector a un mundo de fantasía donde nada es real, pero en cierto modo todo lo es.

El ascenso al cielo de su prosa culminó anoche cuando su familia encontró su cuerpo inerte en la habitación del hospital. Tapado con una manta hasta el cuello, el abuelo de la familia parecía dormir. Al menos eso es lo que pensó su nieto pequeño, que al verlo con los ojos cerrados dijo: “Mírale, está soñando con angelitos”. Y la verdad, razón no le faltaba.

E. Pérez S.

domingo, 19 de diciembre de 2010

La estrella del sheriff



Todos hemos perdido los nervios alguna vez. Nadie puede negar que en ocasiones haya hecho algo de lo que después se ha arrepentido. Pensar con la cabeza fría es demasiado fácil, pero cuando hay otros factores que empequeñecen la mente, que la dominan cual esclava, al final se acaban haciendo cosas inimaginables.

La ficción que nos es mostrada a través de los medios permite que nos identifiquemos con alguno de sus personajes. No es ningún secreto que aquel que genera historias y las proyecta al exterior, lo hace porque en cierta manera busca la identificación del receptor. A los niños les da bastante menos vergüenza admitirlo, no hay más que verlos corretear por un parque jugando a ser el héroe de su serie preferida, pero lo cierto es que eso es algo que nos ocurre a todos. Si nos gusta una obra de ficción y sentimos una especial simpatía por alguno de los personajes que aparecen en ella, es porque de algún modo nos sentimos identificados. O nos parecemos al personaje en cuestión o bien nos gustaría parecernos a él.

Esta reflexión surge a raíz del reciente crimen perpetrado en Olot, un pueblo que no gana para sustos y desgracias. En tan solo dos meses, este pueblo de Girona ha sido el escenario de nada menos que 15 asesinatos. Los vecinos de Olot viven en un agujero mediático, un punto caliente de información al que ya se puede identificar con el apelativo de desgracia. Desde que María Àngels Feliu fuera secuestrada en 1992 durante 492 días, los vecinos parecen haber caído en una especie de maldición.

En esta ocasión, Olot se ha vuelto a situar en el ojo del huracán mediático de la mano de Pere Puig Puntí, un albañil de 57 años que llevaba más de dos décadas trabajando para la misma empresa: Construcciones Tubert. La compañía, cuyos propietarios eran Juan y Àngel Tubert (padre e hijo), había llegado a tener una plantilla de hasta siete trabajadores en tiempos de bonanza económica, pero las estrecheces que llegaron más tarde habían hecho que esta se redujera a tan solo dos. Puig, que era el trabajador de confianza de los Tubert, iba a ser el próximo en ser despedido.



Nadie sabe qué pasaría por la cabeza de Puig la mañana del pasado miércoles. El albañil madrugó y se fue a trabajar como si de una jornada más se tratara, solo que en esta ocasión llevaría consigo una escopeta de caza. A las nueve de la mañana hizo una parada para ‘desayunar’ en una cafetería de La Canya, otro pueblo gironés. Allí utilizó su arma para acabar con la vida de los Tubert disparando a bocajarro.

 La siguiente parada de Puig fue en una sucursal de la Caja de Ahorros Mediterráneo, situada ya en Olot. El albañil asesinó a Rafael Turró, el subdirector de la sucursal, y a Anna Pujol, una trabajadora que por casualidades de la vida, era amiga del primo del propio Puig. Las deudas que tenía el albañil con la Caja eran notables, y según la versión de unos amigos, uno de sus últimos episodios había sido el de intentar cobrar un cheque que los Tubert le habían dado, aunque sin éxito.

Tal y como ha declarado el abogado del propio albañil, salió a cazar con su escopeta, pero no cazó ningún animal, sino a cuatro personas. Cuatro víctimas cuya trascendencia va más allá de sus propias vidas, cuatro familias rotas que jamás podrán olvidar uno de los tantos episodios dramáticos que la actual crisis nos está destapando.

La vida de un obrero de 57 años, soltero y con una vida personal volcada hacia el cuidado de su padre octogenario, puede dar lugar a una excesiva reflexión interna hasta el punto de desembocar en paranoia. Pere Puig tenía por costumbre salir de madrugada ‘armado’ con dos pistolas de plástico y una estrella de sheriff en la solapa. ¿Jugaba aquel hombre a ser el sheriff de Olot? Su estado, su soledad, sus problemas… ¿le habrían llevado al límite de confundir la realidad con la ficción, tal como si hubiera sido envuelto por el lejano oeste de Clint Eastwood? 

Casos como este nos invitan a reflexionar y a saber que ese instinto incontrolable que domina a la persona puede ser letal si las condiciones son gravemente adversas. Es difícil imaginar si este hombre, un obrero como muchos, llevaba el instinto asesino en su interior o si simplemente se empapó demasiado de esos escenarios de ficción que por instantes nos hacen volar y fijar nuestra atención en seres extraordinarios que por más que lo intentemos, ni somos ni nunca seremos.

El mundo de la ficción audiovisual nos muestra paso a paso sus recientes evoluciones. Ahora podemos ver que hay cine y televisión en alta definición e incluso trimidensional. Son matices que dan mayor sensación de realismo, y que por tanto, hacen que el espectador esté más cerca de creerse estar metido en la ficción. La frontera entre lo real y lo no real es, por tanto, más difusa. ¿Es este uno de los caminos de la evolución? Es posible que así sea, pero no puedo dejar de temer que un día nos dé a todos por perder el norte, cojamos nuestra estrella de sheriff y nos tomemos la justicia por nuestra mano.

E.Pérez S.



Fuente de la fotografía:
http://images.windycitynovelties.com/prodimages/detail/11497_detail.jpg

viernes, 10 de diciembre de 2010

Lloverá pronto

El tiempo invernal se hace notar en nuestros rostros y no es menester tener las ventanas abiertas. No obstante, hay algunas que pueden servir para algo más que para protegernos del frío. Son ventanas que nos aíslan o bien nos hacen parte del mundo exterior, que deciden quiénes somos, cómo somos y a qué aspiramos en esta compleja vida.

La ventana permanece cerrada mientras se mantiene el falso estado de comodidad, una comodidad que es ciega, opaca y que encierra al susodicho para hacerle ser sujeto y objeto de un nuevo micromundo creado a su merced. Hay cristales que quedan empañados engañando a su persona, haciéndola creer que se encuentra en un estado de cénit absoluto… Pero no hay nada como una buena hostia para poner los pies sobre el suelo y entrar en contacto con una nueva realidad.

Mundos, micromundos, supramundos… al final todos tienen la misma estructura. Una cara exterior que mostrar y una interior que ocultar, quizá porque si sale a la luz no sea del agrado de los demás, quizá porque aun cuando se trata de cosas bellas y sanas, el miedo y la inseguridad las atrapan para dejarlas enterradas en lo más profundo de la subconsciencia.

Nos encontramos ante unos días muy agitados. Los medios de comunicación, nacionales e internacionales, no paran de hacer eco del que se postula como fenómeno mediático del año y posiblemente de toda una era. La organización Wikileaks, fundada por el periodista, activista y programador australiano Julian Assange, está poniendo en jaque las relaciones diplomáticas de todo el mundo. La revelación de unos telegramas secretos conocidos como ‘cables’, sacan a flote los trapos sucios de una potencia estadounidense cuyo imperio se encuentra ya en decadencia.

Los ataques a la organización no han cesado desde entonces. Las autoridades gubernamentales han intentado cortar el suministro de la famosa página web de la organización por todas las vías posibles. Mientras, Assange, también acusado por supuestos delitos de abuso sexual, ha sido perseguido y finalmente detenido. Informaciones, acuerdos y conversaciones entre autoridades que nunca habrían visto la luz de otro modo, han sido reveladas y dadas a conocer al mundo entero a través de cinco periódicos privilegiados que día a día sacan nuevas entregas y conmocionan al orden internacional.

Algunos articulistas y opinadores expertos lo tachan de meros rumores, otros… de simples chismorreos. Pero lo que más destaca de todo este asunto no es el contenido sino el continente. El punto de inflexión provocado por Wikileaks no sólo propone una nueva forma de dar información o de acceder a ella, sino que también impone una nueva manera de hacer política, así como un nuevo escenario para las Relaciones Internacionales, como siempre influidas por unos medios de comunicación en constante desarrollo tecnológico.

La famosa expresión de ‘no se pueden poner diques al mar’ siempre fue utilizada para hablar de ciertas cosas, especialmente en las utopías del amor, pero es ahora cuando ha alcanzado toda su plenitud. En un mundo donde internet se desarrolla a pasos de gigante y deja de ser ‘un medio’ para convertirse en ‘el medio’, hemos de tener en cuenta que el cambio de paradigma que estamos viviendo es más que evidente.

Si la polémica organización de Assange tiene tantos seguidores como detractores es porque nos encontramos en pleno episodio de transición, de cambio de valores. La crisis económica nos demuestra que las viejas fórmulas ya no sirven, y que es el momento de inventarse algunas nuevas. Algunos se aferran a lo que está a punto de pasar a mejor vida mientras otros están deseosos de pasar página y poner los objetivos en un nuevo horizonte. Lo políticamente correcto nunca tuvo por qué ser efectivamente correcto, y algunos, con el pensamiento y el corazón dividido, y unas intenciones que nunca terminaron de ser malas, se alienan a la vieja usanza y apoyan a los antiguos pilares creyendo crear así un mayor bienestar.

Tener las ventanas cerradas tan solo garantiza una falsa comodidad a corto plazo, pero puede convertirse en un suplicio para aquel que se resiste a abrirlas. El que gana porque tiene todos sus apoyos basados en unos ruinosos cimientos barre en sus victorias, pero es el tiempo el que hace ver si de verdad es capaz de sostenerse por sí mismo tras una modesta fase inicial de coqueteo y enmascaramiento.

Las pequeñas revoluciones se gestan en ese submundo de lo oculto que parece no tener importancia en un principio, pero que luego es el que acaba dando el topetazo encima de la mesa. Wikileaks ya ha sido capaz de poner en jaque a todo un imperio, pero más allá, en esos pequeños mundos donde todo es tan diferente y donde existen tantos puntos de vista, hay supuestos reyes de papel que alzan sus brazos victoriosos, ignorando que el día que llueva quedará en evidencia la poca resistencia del material del que están hechos. Y lloverá pronto


E. Pérez S.


Fuente de la fotografía:

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jueves, 15 de abril de 2010

Miedo al deporte, miedo a la vida


Parece ser que estamos, una vez más, en etapa primaveral. Podría ponerme a mencionar miles de tópicos de todos esos impulsos que cualquier persona viviente de este mundo siente en estas fechas de temporal tan inestable, pero lo cierto es que de entre todos ellos me siento obligado a focalizar mi atención en uno solo: el deporte. Tenemos el verano a la vuelta de la esquina y no es de extrañar que aprovechando estos días de intermitente sol haya personas preparándose para lo que popularmente se conoce como ‘operación bikini’. Siempre nos dijeron a todos desde pequeños que el deporte era saludable, y no faltaba razón, pues en líneas generales lo es. Pero como en este mundo no hay nada que sea bueno en su totalidad, también hay que decir que tiene sus riesgos y en conclusión, unas nefastas consecuencias.

Este asunto se me viene a la cabeza cuando abro el periódico y leo sobre la trágica muerte de Alberto Ceballos Quesada, un atleta aficionado procedente de Bilbao al que el destino le jugó una mala pasada este fin de semana. El suceso tuvo lugar el pasado domingo 12 de abril en el ‘Medio Maratón de Madrid’, una carrera popular que se disputa todos los años en la capital española y que en su última edición dejó una jornada digna de lazos negros y banderas a media asta. La carrera constaba de 21,1 kilómetros, la distancia que recorrió el atleta bilbaíno antes de desplomarse en el suelo justo tras cruzar la línea de meta; las asistencias sanitarias no pudieron hacer nada por salvar su vida y acabó falleciendo a causa de una parada respiratoria. Pero lejos de convertirse en la única tragedia de la jornada, otros dos corredores de la misma carrera también fueron trasladados al hospital en estado grave, uno de ellos por un golpe de calor y el otro por un síncope debido al esfuerzo realizado. Y es que no habían pasado apenas dos días desde la anterior muerte en el mundo del atletismo, la de la joven promesa de los 1.500 metros Samuel Navarro, atleta tan solo 16 años de edad que se desplomó en el suelo para no volver a levantarse cuando estaba realizando unos entrenamientos.

Que me perdone quien se pueda sentir ofendido, pero tras enterarse uno de noticias como esta es normal que no tenga ganas de salir por el Parque San Isidro a hacer un poco de footing. ¿Qué está pasando en el mundo del deporte? La contraposición a fumar, emborracharse todos los días o inflarse a tomar drogas duras siempre fue la de hacer un poco de ejercicio para mejorar nuestra salud; y sin embargo hay muchos que aun continúan viviendo en un despreciable anonimato mientras que a otros los graba Callejeros para convertirlos en héroes. Atrás pueden quedar los liderazgos de cartón de los que gozaban tantos gallitos de colegio e instituto, que si alguien hacía deporte y no se drogaba estaba teniendo una vida sana y a la larga podría tener una calidad de vida mejor.

Es fácil que a muchos se nos pase por nuestra mente la muerte 'deportiva' más mediática de nuestro país cuando se tocan temas como este. El deporte de élite también nos ha mostrado su cara más amarga (si bien la violencia que nos ofrecen los ultras no es suficiente), y teniendo en cuenta que el fútbol es el deporte que ocupa el 90% de las páginas de la prensa deportiva nacional, puede obviarse que me estoy refiriendo a la muerte del jugador sevillista Antonio Puerta, una muerte tan triste como mediática. Los medios de comunicación se encargaron de que esta lamentable pérdida ascendiera a la categoría de mito, y poco a poco fueron imprimiendo en nuestra mente la anexión de dos conceptos que en un principio eran más que independientes: deporte y muerte, una forma muy sutil de impregnar en nuestras conciencias el miedo, así, sin que nadie se dé cuenta.


La tragedia del futbolista sevillista no ha sido la única que nos ha brindado el deporte rey en los últimos años. También conviene recordar inesperada muerte del espanyolista Daniel Jarque, y otros dos jugadores que corrieron mejor suerte ya que su anomalía fue detectada a tiempo, las del sevillista Sergio Sánchez (que el Sevilla no gana para sustos) y el jugador del Real Madrid Rubén de la Red, quien después de año y medio retirado de los terrenos de juego aún mantiene la esperanza de volver a vestirse de blanco. Caso tras caso y noticia tras noticia, el impreso de nuestra mente se ha ido acrecentando.

Da la impresión de que los ejes de la balanza están virando, cambian al mismo son en el que los Gran Hermano y telebasuras similares se apoderan de los medios y comienzan a convertirse en principales agentes socializadores y referentes de cultura. Lo negro es blanco y lo blanco es negro como aquel que consigue cuanto quiere por la vía más rápida, inmoral e ingrata. Pero quién sabe si esto de verdad es así, si simplemente nos encontramos en la mitad de un camino en el que los maestros relojes serán capaces de poner las cosas en su sitio. En este país donde la gente se enorgullece de vivir de las vidas de los demás algunos todavía abogamos por el cambio progresivo y el esfuerzo continuo, aun cuando sea para ámbitos distintos y con unas metas completamente diferentes; en algunos casos internas, desconocidas e incomprensibles por los demás.

Así pues, si la vida requiere escasas probabilidades de riesgos que así sea, que uno nunca sabe cuando le va a tocar tener problemas cardiacos no revelados, o cuando una acción que cometa, cualquiera que sea, va a tener consecuencias no deseadas. Bien es cierto que debemos de ser conscientes de nuestras posibilidades y saber que no podemos invertir las situaciones de golpe, sino ir abriéndolas poco a poco, peldaño a peldaño. Los medios de comunicación deberían de tomarse más enserio estas cuestiones y fomentar aquellos valores que pueden llevar al progreso, al bienestar, a la vida sana y a las gratificaciones tras varios años de esfuerzo. El cambio comienza con ellos, con la expresión de un deseo, de una intención. Es como aquel que escribe sobre lo que no es porque lo toma como vía para llegar a serlo algún día.

E. Pérez S.


Fuentes de las fotografías:

http://ecodiario.eleconomista.es/imag/efe/2008/10/31/1658210w.jpg
http://www.foroatletismo.com/actualidad/imagenes/2008/02/media_maraton_madrid2008.jpg