Oí historias de un lugar que a primera vista cautivaba a sus presentes. Eran dulces prados en tierras de encanto, latentes de brillo innato. Aún recuerdo las palabras casi exactas de aquel hombre demacrado. Me contaba sus alegres aventuras, todas ellas ocurridas en aquellos lares donde el espejismo está siempre presente.
Era una comarca, sin duda, de ilusos. Vivían del pasado e ignoraban que no hay nada permanente. Sus pasos eran siempre firmes, y rara era la vez que alguno se detenía para mirar hacia ambos lados.
Aquel hombre, sombrío pero alegre, me aproximó, quizá, más cerca de lo que algún día pueda estar de aquel lugar. Y casi pude sentirlo con el tacto, la vista, el oído... Por un instante pude estar allí, ser testigo de la tierra prometida. Conocer, al fin y al cabo, la cota de los sueños que tantos se jactan de haber alcanzado.
Entonces los vi a ellos, a todos allos. Allá en un campo de rosas y claveles divisé a toda una manada de puercos glamurosos, vestidos de seda intacta. Sus rostros porcinos, maquillados por las prendas de alta gama, revelaban un ansia traslúcida que no por ello desvanecía su sonrisa cortante.
En lo alto volaba una paloma blanca que no iba a ningún sitio. Su brújula se había roto, y hacía tiempo que con ello también había perdido su propio norte. Vagaba sin rumbo por los cielos, ignorando el mundo existente, extasiada por lo que encontraba a su paso, pero olvidándolo al minuto siguiente.
También abundaban gruesas doncellas con aires exóticos que realizaban enormes esfuerzos por mantenerse sobre sus tacones. La alegría se palpaba en la sonrisa de sus labios. La tristeza, mientras, se regocijaba de placer en el escaso brillo de sus ojos.
Y así, deslumbrado por las maravillas de un lugar que no tiene maravillas, quise pedir a aquel desgañitado que me mandara de nuevo a mi hogar, a la tierra de los hombres con los pies puestos en el suelo. Lo hizo, no sin antes advertirme de que aquello no era la mejor idea.
Hoy, tiempo después, aún me pregunto por qué a pesar de todo aquellos personajes no quebraban su sonrisa. Y es que desde aquella vez, supe que tendría que volver para saberlo.
E. Pérez S.
